Cuando uno va al cine, de forma general, va a pasar un rato de distracción. Si durante los 113 minutos que dura una película uno sufre, se alivia, piensa, nota acuosos los ojos durante bastante tiempo de la proyección, sale confuso y dubitativo sobre la condición humana - nada más y nada menos - es que los tres euros que le ha costado la entrada, los da por bien empleados.
EN UN MUNDO MEJOR
Película danesa de 2010, dirigida por Susanne Bier, ganadora del Oscar y del Globo de Oro a la mejor película extranjera en 2011.
El cine ha de mover sentimientos y de paso distraer. Debo reconocer que doy más valor a la primera parte de la afirmación anterior a la hora de elegir las películas que veo. Y este es el caso de esta extraordinaria pelicula. Desde el primer fotograma hasta el último, que se parecen mucho y que no dejan entrever todo lo que ha pasado desde que uno se sienta en la butaca y se apagan las luces.
Dos escenarios muy diferentes se nos presentan, el tercer mundo, lleno de miseria, dolor y desesperanza, y el primer mundo - no, no vas a leer mal - lleno de miseria, dolor y desesperanza. África y Dinamarca. Dos mundos antagónicos en la forma, en el entorno, pero unidos aquí por la violencia extrema de la condición humana. Por los adultos, en un caso, y por los niños, en el otro. Violencia de adultos sobre niñas y violencia de niños sobre adultos.
Pero decía al principio que esta películas produce sufrimiento al espectador, pero también alivio. Alivio de pensar que hay esperanza, aquí reflejado en el valor personal de un médico de un país rico que ejerce su profesión en las antípodas de su ciudad, en contacto directo con el horror diario y la falta de medios de un confín africano.
La película se mueve en dos niveles de cara al espectador. Un primer nivel de denuncia de la situación de nuestro mundo actual, globalizado para unas cosas e infinitamente lejano y separado para otras cosas. En un segundo nivel, nos muestra el transcurrir intimo de unos personajes reales, humanamente reales, con sus desgracias, sus dudas, su búsqueda en una lucha permanente con el entorno. Luchan los niños por defender espacio, pero que yerran exageradamente en esa defensa. Luchan los adultos por entender su entorno, por entender a sus propios hijos y sus reacciones.
En ambos niveles se lanzan preguntas, que, como no podía ser de otra forma, quedan sin respuesta. No pretende la directora dar con la solución a los problemas que plantea la película, pero si lleva al ánimo del espectador, al menos al espectador consciente, la necesidad de preguntarse a si mismo sobre porque está pasando lo que está pasando. Porqué surge en seres humanos tan diferentes como un brutal mercenario africano y un educado y angelical niño danés, la misma necesidad de expresarse mediante la violencia más extrema. Veanla.

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